Chechenia, la paz de los cementerios · ELPAÍS.com.
Extractos del artículo de J.Goytisolo en El País.
JUAN GOYTISOLO 29/05/2009
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Hoy la paz reina en Grozni -una paz cuyo coste sólo puede calibrar quien haya puesto los pies allí: barrios enteros de la capital arrasados por el fuego de tanques, aviones y helicópteros, aldeas destruidas, familias diezmadas, decenas de millares de jóvenes torturados y desaparecidos en los siniestros puntos de filtración-.
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“Cucarachas chechenas”, los denominó el ministro de Defensa de Yeltsin, Pável Grashov. Otros mandos militares y líderes políticos, no menos patriotas, reclamaban asimismo la necesidad de “extirparlos como un tumor canceroso”, de “exterminarlos como perros rabiosos” o “borrarlos de la faz de la tierra”.
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La campaña iniciada en diciembre 1994 para “restaurar el orden constitucional” y acabar con un régimen de “criminales y bandidos”, concebida por Yeltsin y Grashov como un simple paseo militar en una velada bien arrosée, convirtió a Chechenia en uno de los puntos del planeta en el que la especie más bien inhumana a la que pertenecemos manifestó con mayor saña su potencial infinito de crueldad. Hablar de una política de exterminio de todos los varones jóvenes (y también de docenas de mujeres, niños y ancianos) sospechosos de “bandidaje”, primero por el Ejército ruso y luego por los escuadrones de la muerte del actual presidente checheno, Ramzán Kadírov, no es una exageración. Los asesinatos, secuestros, violaciones, torturas, pillajes, aparecen ampliamente documentados en los informes de la Comisión de Derechos Humanos en la que milita Yelena Bonner, viuda de Sájarov, así como en los del Pen Club ruso y Amnistía Internacional.
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Entre las imágenes más duras de muerte y destrucción de la pequeña república caucásica, la de Aslán Masjádov, caído de espaldas, pecho al aire y brazos en cruz, rodeado de botas de sus matones -foto que guardo en mi lugar de trabajo como recordatorio del sufrimiento de este pequeño pueblo de un millón y medio de almas al que me siento unido por un sentimiento cuyas raíces tal vez se remontan a mis primeras lecturas y ensoñaciones- cifra toda mi amargura ante la furia ciega de la historia.
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las crónicas reunidas con el título Diario ruso de Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada con toda impunidad en su domicilio de Moscú por los sayones de Ramzán Kadírov por la valiente denuncia de sus ejecuciones extrajudiciales, torturas, crímenes y arbitrariedades… Estas tres mujeres (¡y luego se habla de “sexo débil”!) nos dicen que la paz reinante en Grozni es la de los cementerios. Como respondía un personaje de Tolstói, también una mujer, en Haxi Murat a quienes comentaban las proezas guerreras de los cosacos y soldados del zar: “¿Qué guerra? Son ustedes unos asesinos, esto es todo”.
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Muchas veces me he preguntado el porqué de mi querencia, casi obsesión, con un país tan lejano, cuyos recuerdos, como los de la Guerra Civil de mi infancia, reiteran sus apariciones en los duermevelas y afloran a la superficie de mi labor literaria. Podría contestar: las imágenes efímeras, y a posteriori trágicas, de aquellos con quienes me crucé brevemente allí, o la lectura frecuente de Puschkin, Lérmontov y mi asiduidad a Haxi Murat, la obra maestra de Tolstói; pero quizá la respuesta más justa sería la evocación del paisaje del camino que lleva a Vedenó y Bamut, a la orilla del impetuoso río Argún, entre los montes cubiertos de abetos de los contrafuertes del Cáucaso.
La belleza insólita del lugar -pese a la presencia de unos tanques rusos calcinados que rememoraban el drama de un pueblo condenado desde hace más de dos siglos a la amargura de la derrota y del exilio, sin que se resigne a ello- es misteriosamente distinta a cuantas cordilleras he contemplado en mi vida. Alejandro Dumas no pecaba de hipérbole ni de exaltación romántica cuando escribía: “Es lo más agreste y sobrecogedor que nunca he visto ni siquiera imaginado en mis sueños más locos”. Tolstói, de nuevo Tolstói, nos da la clave de su imantación y de su fuerza indomable, en abrupto contraste con el hado de la derrota y opresión que marca la suerte de sus habitantes: allí brota, coriáceo y tenaz, el cardo aplastado una y otra vez por el carro brutal de la historia, pero cuya savia no se rinde.
Juan Goytisolo es escritor.
Mi comentario: Sin comentarios. El artículo se comenta por sí mismo. Un gran artículo para una realidad devastadora
















